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Carlos “El Diablo” Salas Hidalgo - Patrimonio Tagua Tagua.

Carlos “El Diablo” Salas Hidalgo

Nacido y criado en Tunca Abajo, localidad situada al poniente de la ciudad de San Vicente. El mote de “El Diablo” es herencia de su padre, quien tuvo un caballo que era casi como un hijo para él. Se comportaba como un ser humano, obedecía y comprendía a su amo en todo, lo cual hizo pensar a sus vecinos que tenía pacto con el demonio. Su padre era moreno, de gruesa contextura y bastante alto, llegó a pesar, en sus mejores tiempos de adulto, unos 117 kg., comía muy bien, era duro y trabajaba en el oficio de verdulero.

Nuestro “Diablo” Salas desde muy joven tuvo inquietudes por colaborar en el adelanto de su comunidad. Se adjudica la autoría del primer plano de la localidad, el que se encontraría enmarcado en algún lugar del edificio municipal. También promovió la colocación de nombres en todos los pasajes y callejones de Tunca Abajo, lo cual, no obstante sus buenas intenciones, le trajo algunos desencuentros con sus paisanos. Integró la Junta de Vecinos y fue propietario del primer teléfono público del sector, hace un par de décadas, lo cual lo mantenía al tanto de todo lo que les acontecía a sus coterráneos.

En 1982 se formó el conjunto “Tierra de Cosecha”, que ensayaba en el colegio local. Fue acercándose de a poco a este grupo. A partir de su participación en él y hace unos 20 años, comienza a cultivar el canto a lo divino y a lo humano.

Vio a su madre cantar y tocar la guitarra, pero aprendió recién en edad adulta con algunos maestros, como el profesor Moisés Zamudio y poetas populares de la Región, como los “señores Correa”, de la localidad de Cocalán, don Domingo Pontigo, don Arnoldo Madariaga y Francisco Astorga. Manifiesta, sin embargo, que su madre le transmitió el oficio indirectamente, “a través de los genes”, como afirma. Hace unos 30 años construye tormentos, cuya elaboración la desarrolló por su cuenta, observando y probando materiales y formas de fabricación.
Considera que un cantor debe saber acompañarse con la guitarra. Aprendió a tocarla, primero, mirando y recordando a su madre y, paralelamente, apoyándose en la revista “Ritmo”, utilizando el mismo instrumento de su progenitora. La afinación traspuesta se la enseñaron los ya mencionados “señores Correa”, de la localidad de Llavería de El Durazno (antiguo fundo propiedad del historiador Francisco A. Encina). Los acordes los asimiló sin saber sus nombres.
Dice que la afinación de la guitarra va en relación con la voz de cada persona, la que va cambiando de acuerdo al fundado o fundamento por el que se canta.

Un verso se compone, esencialmente, con el objeto de contar una historia y la décima tiene un formato que hay que respetar, “porque cantada al derecho y al revés tiene que cuadrar, no puede quedar trabada”, según explica. Justamente, la coincidencia entre el canto a lo divino y a lo humano consiste en que ambos cuentan una historia.

Para componer un verso (una composición completa en formato de décima) se debe producir una “chispa”, un detonante que se provoca en el momento creativo. Así se inicia la escritura, es un momento que no puede perderse, porque cualquier distracción impide iniciar y, luego, terminar un verso. En su casa todos, y particularmente su esposa, saben que no deben interrumpirlo cuando se dirige a su escritorio para anotar un verso que acaba de ocurrírsele, de lo contrario, pierde la inspiración.

Asocia el concepto de fundado, fundamento o tema principal de cada composición a una historia que debe ser contada de principio a fin. Los demás géneros musicales que utiliza en sus composiciones no los trabaja de la misma forma.

Su creación tiene directa relación con su terruño, su Tunca, aunque no se siente profeta en su tierra. Sus versos, en consecuencia, se alimentan de sus vivencias, de lo que ve, y se desprenden de lo que experimenta en el trabajo diario. Pone siempre énfasis en su propia vivencia a la hora de componer e interpretar. Así también explica su forma de ver y practicar la religión, “a su manera”, como se dice en todo Chile. Es decir, participa de la ritualidad católica sólo cuando lo llaman los sacerdotes, porque no es de ir a misa en forma frecuente. Su manera de ver la religión pasa por un cambio de papeles, en donde los seres humanos deben liberar al Señor de la cruz, porque no es partidario de tener como símbolo a un Cristo crucificado, al cual, más encima, sólo se le van a pedir favores. “¡Quiénes somos y qué hemos hecho para merecer favores de Cristo!”, exclama tajantemente. Quiere ver un Jesús liberado, tal vez con la cruz como símbolo, pero atrás, en segundo plano. En resumen, se considera religioso, aunque no va a misa, pero sí participa componiendo e interpretando sus décimas en algunas celebraciones de la Iglesia Católica, por lo que es muy querido y solicitado por los sacerdotes. Por tanto, remata con socarronería, “soy un diablo muy piadoso”.